Una clase, muchos informes
y un corazón agradecido
Hace unas semanas, durante una clase del sacerdocio, varios padres
compartieron, a manera de informe, cómo estaban sus hijos en la misión. Fue
algo realmente chévere. No solo se habló de números o bautismos, sino de
progreso, crecimiento espiritual y de cómo el Señor trabaja línea por línea.
Toda la clase se involucró. Se sentía el espíritu de la obra misional. Y
mientras escuchaba a cada padre hablar de las experiencias de sus hijos, pensé
que sería oportuno compartir también mi informe misional con mis amigos que
cuando me ven preguntan por ellos, no desde el campo misional, sino desde el
corazón de un padre que aprende a confiar más en el Señor… cada lunes muy
temprano.
Tengo que empezar confesando algo con total honestidad espiritual: los
lunes se han convertido en mi día favorito de la semana. Y no, no es porque el
trabajo sea más liviano ni porque descanse mas ese dia. Es porque los lunes,
muy temprano, a las 5:00 de la mañana, cuando la mayoría del mundo aún duerme y
el desayuno apenas está comenzando su proceso de conversión, recibo las
videollamadas de mis hijos que están sirviendo en la misión.
Esas llamadas llegan usualmente en P-day, ese día tan esperado por todo
misionero, donde además de lavar ropa, hacer compras para la semana, visitar algún
lugar interesante y escribir informes, también se fortalecen las familias en
casa… a través de una pantalla. Ahí los veo: con su placa bien puesta, una
imagen de Jesucristo en la pared, el Predicad Mi Evangelio cerca y esa
sonrisa que solo se obtiene después de testificar del Plan de Salvación o hacer
oraciones varias veces al día.
Son llamadas cortas. A veces con mala señal, otras con ruido de fondo,
gallos cantando o el carro del vecino acelerando, pero siempre llenas de
espíritu, risas y frases clásicas como:
“Papá, estamos bien”,
que para uno ya es suficiente testimonio.
Once meses… sí, once meses
Primero lo primero: mis hijos están cumpliendo once meses en el campo
misional. Once meses. O sea, ya no son “los nuevos”, pero tampoco los “viejos
sabios” que saben dónde queda todo usando el GPS del Espíritu Santo. Ya pasaron
la etapa del “¿qué estoy haciendo aquí?” y están firmemente instalados en el
“no entiendo todo, pero el Señor sí”.
Y cada uno, desde su propio rincón del mapa, está sirviendo, creciendo,
aprendiendo y, sobre todo, dejando pedacitos de su corazón en la gente que
conoce.
Emily y el calor Guarani
Comienzo con Emily, que actualmente sirve en un sector llamado Pedro
Juan Caballero, una ciudad ubicada al norte de Asunción, justo en la frontera
con Brasil. Para que se hagan una idea, es un lugar donde el sol no sale…
aparece. Donde el calor no se siente… te abraza. Y donde uno aprende muy rápido
que el sudor también puede ser parte del refinamiento espiritual 🔥.
Emily está muy feliz, y eso como padre se siente incluso a través de una
video llamada corta o un mensajito de texto que llega después de una semana
movida. Está sirviendo junto a su compañera, la Hermana Manrique, de Colombia,
y juntas hacen un equipo que, como dirían los misioneros, “la está rompiendo”.
Emily actualmente sirve como hermana líder, lo cual implica más
responsabilidad, más llamadas, más informes… y menos tiempo para dormir. Cada
mes debe hacer un largo viaje de más de ocho horas hasta la capital para
asistir a capacitaciones de liderazgo. Ocho horas. Eso no es un viaje, eso es
una mini misión dentro de la misión. Pero ella lo hace con buena actitud,
espíritu dispuesto y, probablemente, con una botella grande de agua.
En su sector está teniendo mucho éxito. Ha conocido personas dispuestas
a escuchar y aceptar, por medio del bautismo, el Plan de Salvación y a
Jesucristo como su Salvador; familias humildes, corazones sinceros y niños que,
sin saberlo, se convierten en los mejores maestros del amor cristiano. Me
cuenta que, aunque el clima es muy caliente, el cariño de las personas hace que
el trabajo sea mucho más placentero.
Una de las cosas que más le gusta de su sector es el multilingüismo
misional. No solo habla español, también escucha y aprende guaraní, y como si
eso fuera poco, al servir en una ciudad fronteriza con Brasil, ha tenido que
aprender frases en portugués, porque muchas personas hablan los tres idiomas. O
sea, Emily ya no solo predica el evangelio, también parece estar en un programa
intensivo de idiomas patrocinado por el Señor.
En cuanto a la comida —porque toda conversación misional verdadera tiene
que hablar de comida— Emily ha aprendido a amar las sopas reconfortantes y muy
típicas de la zona, como el vori vori (sopa con bolitas de maíz y
queso), también la feijoada (guiso de frijoles negros y carnes), y el
famoso helado de açaí, una fruta muy popular en esa región.
Y por supuesto, no puedo dejar de mencionar otras delicias como el tereré
(bebida emblemática de hierba mate fría), que allá no es una bebida… es
prácticamente una ordenanza diaria.
Pero más allá de la comida y el clima, Emily me ha contado que ha
aprendido a amar más a los niños, a comprender mejor a los líderes locales y a
ver la Iglesia desde una perspectiva más sencilla, más pura y más real. En
términos generales, puedo decir con gratitud que ella está muy bien, creciendo,
sirviendo y dejando que el Señor haga Su obra en ella y a través de ella.
Carlos, un líder Gaucho con
estilo
Ahora viajamos virtualmente a Oeste de Buenos Aires, donde Carlos Aarón
sirve en una zona llamada Moreno. Un lugar con su propio ritmo, su propia
cultura y su propia forma de decirte las cosas… generalmente con mucho cariño y
un poco de acento.
En nuestras clásicas video llamadas, siempre habla con entusiasmo de su
trabajo junto a su compañero, el Elder Saunders, de Saratoga. Carlos Aaron
actualmente está entrenando y sirve como LD —líder de distrito—, lo que
significa que además de enseñar, también capacita, anima y guía a otros
misioneros. Básicamente, además de predicar el evangelio, también hace
liderazgo versión Gaucha.
Como ambos son nuevos en ese sector, al inicio no fue fácil. No conocían
bien la zona, se perdían seguido, no encontraban las casas de los líderes locales
y en más de una ocasión caminaron por lugares donde uno aprende a orar… sin
cerrar los ojos.
Me contó que incluso hubo momentos en los que casi les roban. Nada grave
pasó, gracias al cielo, aunque sí hubo un incidente digno de incluir en
cualquier anécdota misional: hace unos dos meses, Carlos fue mordido por un
perro. Sí, mordido. Y por si se lo preguntan, todo salió bien: el perro sigue
vivo, Carlos se atendió como corresponde y ahora ese evento quedó archivado en
la carpeta mental llamada “historias que contaré toda la vida”.
En cuanto a la comida —otra vez, porque es inevitable— Carlos confiesa
que extraña un buen encebollado, de esos que sanan el alma. Pero también
disfruta muchísimo la milanesa: carne empanizada (de ternera o pollo), frita,
servida sola o a la napolitana, que se ha convertido en su comida semanal
favorita. Y claro, no puede faltar el mate, esa infusión de hierbas que se
sirve caliente y se comparte, un compañero fiel que es parte esencial de su
día, casi como el estudio personal y el Predicad Mi Evangelio.
Carlos ha conocido familias maravillosas, personas que los han acogido
como si fueran hijos propios, dispuestas a brindarles ¨amor, comprensión y
ternura¨ y lo más importante en una misión: comida caliente. Me habla con mucha
admiración de su presidente de misión, de lo mucho que ha aprendido de él y de
cómo su ejemplo le ha ayudado a crecer espiritual y personalmente.
Disfruta profundamente la cultura de Buenos Aires, su gente, su forma
directa pero cariñosa de hablar y ese espíritu especial que hace que uno se
sienta en casa, incluso estando lejos. Ha aprendido a conocer a las personas a través
del servicio y junto a su compañero y la ayuda del espíritu santo ha podido
tocar el corazón de familias enteras y ver sus vidas cambiar. Aguante campeón!!
Papá fortalecido por la fé
Al final del día —y después de escuchar muchas historias y experiencias—
puedo decir con paz que Emily y Carlos, mis hijos, están exactamente donde
deben estar. No todo es fácil, no todo es cómodo, pero todo es profundamente
significativo. Están aprendiendo a confiar más en el Señor, a amar a las
personas tal como son y a servir sin esperar nada a cambio… aunque a veces sí
esperan que el clima sea generoso y los perros no sean tan bravos. Aun así
ellos están haciendo una sola cosa y que fue mi consejo antes de partir….
DISFRUTEN este tiempo disfruten todo lo que hagan.
Como padre, agradezco sinceramente sus oraciones, su interés su ejemplo,
su servicio desinteresado y sobre todo su amor. Y como miembro de esta familia
y de esta Iglesia, testifico que la obra misional es real, que el Señor guía a
Sus misioneros y que el servicio misional cambia vidas… empezando por la de los
propios misioneros.
Porque sí, cada lunes, después de cerrar la llamada, me quedo con el
corazón lleno. A veces con lágrimas, a veces con risas, pero siempre con
gratitud. Verlos vivir el Plan de Salvación, enseñar sobre familias eternas y
aplicar los principios del evangelio confirma que el Señor realmente prepara a
Sus siervos… incluso antes de que suene la alarma a las 5:00 de la mañana





























